Un tren sin frenos no se detiene hasta que una fuerza le impida seguir “descarrilado”. Para parar necesitas tomar conciencia de una fuerza: la fuerza que te da el sentir que tienes derecho a hacerlo.

El estrés o la impotencia no es la fuerza que para el tren si no la fuerza que lo acelera para estrellarlo.

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